Hay momentos en todo viaje largo en los que la dinámica cambia. No siempre es algo que marque el calendario, esta vez ha sido el mar. Dejamos de mirar el horizonte buscando el próximo fondeadero y empezamos a pensar en el lugar donde resguardarnos y echar raíces, aunque sean temporales. Sabíamos que, con la llegada del otoño, nuestro ritmo tenía que desacelerar. El Mediterráneo en esa época es una olla a presión: el mar está muy caliente y cualquier chispa meteorológica o masa de aire frío en altura es suficiente para desencadenar fenómenos extremos.
Por eso, la travesía de Grecia a Sicilia empezó a planificarse mentalmente casi desde el momento en que vimos abrirse la salida del Canal de Corinto. La ventana de buen tiempo mandaba, y nosotros éramos sus subordinados.
Nuestra despedida del país de Ulises fue una danza con la meteorología. Tras Corinto, la primera parada fue Galaxidi, un pueblo precioso donde nos refugiamos un par de noches para dejar pasar un frente de lluvia, primer aviso. En cuanto el cielo se despejó, aprovechamos una breve ventana para saltar a la isla de Trizonia. Nos habríamos quedado más días amarrados a su muelle pero el tiempo corría en nuestra contra, o mejor dicho a nuestro favor. La previsión era excelente y había que seguir.
El siguiente salto fue a Messolonghi, tras pasar bajo el imponente puente de Rio, otro pueblo griego encantador lleno de ambientillo crucerista y tortugas nadando alrededor del Pelícano en sus turbias aguas. Allí el otoño nos mandó un segundo aviso. Una intensa tormenta eléctrica nos sorprendió cenando en tierra. El resultado fue una carrera frenética bajo el diluvio, desde la terraza del restaurante hasta el barco, separados por apenas 200 metros. Llegamos al Pelícano entre risas, sin casi aliento y empapados hasta los huesos. Aquella tormenta no solo nos lavó la cubierta, sino que nos dejó una lista de pequeñas goteras que sellar para el invierno.
Tras una escala nocturna fondeados en una bonita cala cercana, y otra en Argostoli (Cefalonia) para una última cena griega de despedida, vimos clara nuestra oportunidad. La ventana meteo se alargaba un par de días. Era el momento de cruzar a Italia.
En el trecho de mar que separa Grecia de Sicilia, la meteorología en esta época es caprichosa: o el viento es demasiado flojo y te desespera, o es demasiado fuerte, pero siempre, invariablemente, vas acompañado de mar de fondo. Nosotros elegimos no esperar y cruzar con viento demasiado flojo de popa, mar de fondo cruzada y trabajar con mil maniobras o configuraciones de vela para evitar que la botavara diera bandazos. Durante el segundo día tuvimos que ir sorteando pequeños chubascos y alguna que otra manga de agua que amenazaba en el horizonte.
El tercer aviso otoñal llegó de noche, ya cerca de la costa siciliana. Un chubasco negro como la brea venía por barlovento. Lo sentí por la frialdad del aire y el olor a lluvia, y lo constaté con el radar meteo de la app Windy (en uno de mis arrebatos de simplificación de sistemas y aligeramiento del Pelícano me deshice de mi viejo radar y por primera vez lo eché de menos). En la oscuridad es imposible medir la intensidad real de una nube así, pero Windy pintaba el centro de rojo, así que avisé a Mila y tomamos la decisión de arriar velas, parar el barco y dejar que lo peor nos pasara por delante. El reto era intentar que los niños no se enteraran y siguieran durmiendo. Fue un acierto. Cuando el borde del chubasco nos alcanzó, escupió rachas de 35 nudos. La intensidad del viento contra el casco y el aparejo desnudo hizo que el Pelícano arrancara a navegar hasta alcanzar los 5,5 nudos. Otra lección aprendida acerca del comportamiento de nuestro catamarán.
Aquel chubasco nocturno terminó de decidir nuestro rumbo. En lugar de apuntar a Siracusa, nos dejamos llevar y pusimos la proa hacia la punta sur de Sicilia. Llegar al amanecer a la playa de Isola delle Correnti fue la recompensa. La luz otoñal doraba el agua y apenas había tres barcos fondeados. Pasamos un día maravilloso que culminó con una cena en un beach club en tierra... hasta que los mosquitos sicilianos decidieron que nosotros éramos su plato principal y nos obligaron a emprender otra carrera de huida hacia el barco.
Nos apetecía quedarnos, estábamos a gusto en aquel pequeño paraíso, pero el otoño ya nos había avisado tres veces. A la mañana siguiente, bajo un sol otoñal y con brisas ligeras, fuimos bordeando la costa sur. Una vez más, el Pelícano nos demostró que es un devorador de millas aunque el viento sea suave.
Llegamos a Licata justo con la puesta de sol. Nos asignaron nuestro amarre y, al hacer firmes las amarras, supimos que el viaje entraba en otra dimensión. Licata será nuestra base de invierno, aunque la idea no es quedarnos inmóviles; Malta, quizá Lampedusa o Túnez están en nuestros planes para los próximos meses.
Pero ahora toca disfrutar de la vida de puerto: llegar a una ciudad nueva y trazar tu mapa mental, saber dónde está el mejor charcutero, el supermercado con buenos precios o esa tiendecita oscura que tiene los tornillos que necesitas; conocer a los vecinos de pantalán y sumergirse en una comunidad marinera de invierno que, aquí, es sorprendentemente numerosa; reparar las goteras, tachar cosas de la lista de mantenimiento y preparar el barco para el frío.
A los pocos días de llegar, el otoño siciliano hizo gala del poder de la naturaleza. Varias mangas de agua de dimensiones considerables, pasaron a tierra y arrasaron el oeste de la isla. Esa misma noche, el cielo nocturno de Licata nos dio la bienvenida oficial con un potente chaparrón acompañado de aparato eléctrico tejiendo telas de araña de rayos sobre nuestros mástiles. Pero esta vez, las tormentas se veían diferentes. Ya no había que arriar velas ni cambiar el rumbo. El ancla está guardada y las amarras están firmes. Hemos cambiado de marcha.