El valor de las primeras veces.

Nuestra primera toma de contacto con Grecia fue en Sivota y el cambio de atmósfera nos envolvió casi de inmediato. Dejábamos atrás semanas de tensión navegando a lo largo del litoral italiano, y allí, fundidos en el ambiente humilde y desenfadado del pueblo, por fin pudimos relajarnos. Recuerdo aquella primera noche paseando entre el bullicio nocturno con la sensación de que Grecia nos estaba dando la bienvenida. Más al norte, al llegar a Corfú, nos sentamos a cenar en la austera taberna de Aristo, con los pies casi hundidos en la arena. Al probar la ensalada, comprobamos que el tomate sabía exactamente a eso: a tomate. Aquel sabor tan genuino en aquella terraza algo desvencijada, vestida con las viejas sillas de plástico blancas —algunas con publicidad de refrescos— y manteles de rollo de papel blanco, me transportó a mi infancia, la Mallorca de los años 80. En algún momento a lo largo del camino hacia el presente hemos olvidado lo auténtico y cambiado el sabor de los productos por la estética ultra cuidada de nuestros bares y chiringuitos de playa hasta hacerlos parecer, cada uno a su manera, copias de postales idílicas o páginas de catálogos. Aquella ensalada nos recordó que la autenticidad no necesita artificios, solo tierra y tiempo.

Navegar en agosto por las islas del Jónico implica compartir el paraíso. Los fondeaderos se llenan rápidamente y a veces nos daba la sensación de que no había sitio para todos. Fue aquí donde fondeamos por primera vez en varios sitios preciosos amarrando a rocas o árboles con dos cabos por la popa. Se fondea de esta manera por la gran profundidad de las calitas que exige filar muchos metros de cadena. De esta manera se elimina el borneo y caben muchos más barcos. Aprendimos que también allí los altos relieves generan vientos catabáticos que se desploman sobre algunos fondeaderos provocando algún que otro incidente en veleros próximos. El abarrotamiento y los vientos catabáticos redujeron drásticamente nuestras opciones de fondeo. Para asegurar sitio, nuestro plan pasó a consistir en levar ancla temprano y avanzar a motor, desaprovechando la perfecta brisa marina de la tarde. Llegábamos al destino justo en el momento en que la masa de barcos se marchaba. Una estrategia funcional y pragmática que poco tiene que ver con la imagen romántica y despreocupada que solemos proyectar sobre la vida en el mar.

Mientras todas las familias internacionales con las que habíamos coincidido navegaban con calendarios milimétricos y ya miraban de reojo su destino de invernada —otro fallo de percepción que dejan las redes sociales—, nosotros decidimos seguir explorando. Rumbo sur, tras una parada de descanso en Katakolon y la visita a las ruinas de Olimpia donde los niños confirmaron que la arqueología clásica les aburre soberanamente, la bahía de Navarino nos ofreció el primer resguardo serio en mucho tiempo. Fondeados en la playa norte coincidimos con Johan y Sonja a bordo del Mystic, un catamarán cuyo modelo es la evolución directa del nuestro. Llevaban dos décadas cruzando océanos en dirección este y oeste, hasta latitudes canadienses. De los 20 años de navegación, 18 fueron a bordo de un Catana 471, un modelo gemelo al nuestro. Navegar y convivir con ellos fue una lección constante. De hecho, nos han contagiado una filosofía que a bordo ya hemos bautizado como la Mystic Way. Esta pareja de veteranos navega bajo la máxima de que a partir de tres o cuatro nudos de viento, apagan motores e izan velas. Al probarlo, nos dimos cuenta de que el Pelícano, pese a ir cargado con nuestra vida entera, también es perfectamente capaz de moverse con brisas débiles y hemos aprendido que se llega a destino antes de lo que parece. Hemos fijado nuestro propio límite en cinco nudos. Si hay más de cinco nudos, ¡velas arriba! Supone planificar singladuras más cortas, de veinte o treinta millas diarias, pero navegadas en un silencio absoluto; y si luego el viento cae un poco pero el barco se sigue moviendo a favor de rumbo, no tenemos prisa en arriar.

La camaradería entre el Mystic y el Pelícano nos llevó a navegar juntos y a medirnos con ellos al doblar el cabo Maleas en una ronda de viradas en ceñida pura. Nosotros con algo más de velocidad punta, ellos ganando un punto más al viento, pero navegando a la par. La escena tuvo su momento cómico cuando un monocasco de 38 pies intentó darnos caza durante millas. Al fondear en Monemvasia, otro rincón cargado de historia, su patrón se acercó atónito para confesar que jamás pensó ver a dos catamaranes navegar de esa forma contra el viento. Ver que el Pelícano respondía así frente a navegantes curtidos en miles de millas fue una satisfacción silenciosa.

El Peloponeso, menos abarrotado, ha resultado ser una gema en la que hemos vivido por primera vez la paz y la desconexión absoluta. Hemos descubierto calas y playas en las que hemos estado prácticamente solos y que nos han tentado seriamente a quedarnos.

No obstante, el verdadero peso de estas semanas no está en las millas, sino en la mirada. Con cuarenta y ocho años, después de una vida estructurada donde casi todo estaba previsto, he vuelto a experimentar cosas por primera vez. Hablo de cosas como amarrar a las rocas, saborear un tomate real, ver abrirse el puente de Lefkada para navegar un paso angosto o cruzar el imponente corte vertical del canal de Corinto. Y tirarme al agua para nadar a un metro de un enorme pez luna que devoraba una medusa con absoluta parsimonia, indiferente a los anzuelos que llevaba clavados en el lomo.

Hacer cosas por primera vez a esta edad tiene un valor doble; la sensación es infinitamente más nítida porque eres plenamente consciente de que estás estrenando vida.

Estos días, uno de los peques se acercó con el miedo repentino a la muerte rondándole la cabeza. Es demasiado joven para procesar la finitud, pero intenté explicarle lo que me enseñaron a mí hace ya algunos años. La muerte es una certeza inevitable, pero cuando uno llena los días de vida de verdad, cuando no te dejas arrastrar por la inercia y te atreves a vivir con la autenticidad de lo que te dicta el alma, con plenitud, la perspectiva cambia. La angustia y la ansiedad se diluyen en la certeza de haber estado realmente despierto.

Glosario para no marineros:

  • Borneo: El movimiento circular que hace un barco fondeado alrededor de su ancla, empujado por los cambios de viento o de corriente. Al amarrar la popa a tierra, el barco queda fijo y no bornea.

  • Filar: Soltar cadena o cabo al agua de forma controlada.

  • Vientos catabáticos: Vientos locales que se enfrían en las montañas y descienden hacia el mar por las laderas de forma rápida y violenta. Muy comunes y traicioneros en zonas altas de Grecia.

  • Singladura: El trayecto o distancia que recorre un barco en un día de navegación.

  • Arriar: Bajar las velas.

  • Ceñida pura: Navegar en contra de la dirección del viento, formando el menor ángulo posible que permite el barco. Es el rumbo que más exige a la embarcación y a la tripulación.

Navegando atónitos por el Canal de Corinto.

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La alfombra de Mesina y el salto a Grecia