Capítulo 4: La ilusión del control.

El frío gel de la máquina de ecografías en mis partes íntimas no es lo que tenía planificado sentir a poco más de un mes de salir de viaje. Me había aparecido un bulto sospechoso que había que revisar. Ni Mila ni la médico del hospital lo veían claro, así que la mejor opción era pasar por el ecógrafo, hacer una analítica rápida y descartar cualquier problema mayor.

​Cuando el chico que me hacía la eco terminó y me pasó un trozo de papel para limpiarme, le pregunté inocentemente, todavía con los calzones bajos, si estaba todo bien. Es algo que siempre hago para intentar cortar de raíz la incertidumbre que inevitablemente acompaña a estos procesos. El hombre, con una frialdad protocolaria absoluta, me respondió que en dos o tres días estarían los resultados y que lo consultara con mi médico; que el doctor ya me diría lo que había en el informe.

​Me sentó como un jarro de agua fría. Intenté ganármelo, un poco a la desesperada, diciéndole que se lo pedía solo para despejar dudas y no tener que vivir en vilo los próximos tres días, normalmente me funciona, pero me respondió de forma tajante que el procedimiento era ese y que él no podía decir nada. Salí del centro hospitalario con la certeza plomiza de que algo andaba mal. Su silencio se sentía como una confirmación. Enseguida llamé a Mila, como habíamos acordado, y al escuchar mi tono ella también se quedó inquieta.

Volví a casa para comer algo, pues estaba en ayunas por la analítica. Conduje en piloto automático, mirando a la gente absorta en sus rutinas diarias, pero sin ver nada. La comida que me había dejado preparada no sabía a nada, en realidad no sabía si tenía hambre. Por curiosidad, entré en la aplicación médica del hospital y vi que ya habían colgado las imágenes de la prueba, aunque todavía sin el informe escrito. Ya os podéis imaginar lo que hice. Revisé todas y cada una de las imágenes como si fuera a adivinar algo, aquello parecía tanto un foto de Plutón tomada con el hubble como una ecografía de mis testículos, pero yo ahí estaba, sacándome los ojos intentando discernir una mancha gris medio clara de otra ligeramente oscura. Se lo comenté a Mila y ella, moviéndose rápido, le envió las capturas a un buen amigo suyo que es radiólogo.

 Inevitablemente me puse en el peor de los escenarios. Estaba anticipando que, tras tanta preparación, renuncias y planificación, me iba a quedar varado en la mismísima línea de salida. Que todo el proyecto se tendría que, en el mejor de los casos, posponer indefinidamente.

​Durante noventa minutos sentí una pena punzante por lo que dejaba a medio hacer. Pensé en Pau y en Lluc, en la calidad del tiempo que les iba a poder dar a partir de ese momento. Me imaginé encadenado a tratamientos, hospitales e informes periódicos sobre la evolución de mi estado de salud y toda la incertidumbre que ello conlleva. Maldita incertidumbre, yo soy financiero, planificador y controlador. Iba a perderme esa etapa tan condenadamente viva de nuestras vidas que precisamente habíamos diseñado al milímetro para vivir juntos. Sentí la injusticia de haberme pasado años calculando cada imprevisto técnico del barco y diseñando nuestras finanzas para acabar descubriendo que la vía de agua la tenía en mi propio cuerpo.

​Al cabo de esa hora y media eterna, el teléfono sonó. El radiólogo traía la buena noticia: lo había revisado rápidamente y así como pudo en el coche desde el teléfono móvil y no parecía ser nada grave. El aire volvió a entrar en mis pulmones.

​Sin embargo, el poso que dejó el susto ya no se borra. Esos minutos en el abismo me sirvieron para reafirmar que estoy donde quiero estar. Que el paso que hemos dado como familia es el correcto; es hacia donde mi alma me lleva. Suena a cliché absoluto, pero la realidad es que años de planificación y control se caen en un instante. Nada está controlado.

​He tenido serias dudas de compartir este pequeño episodio por lo trillado del concepto y por la repetición de lo que he venido expresando en capítulos anteriores. Y, por qué no reconocerlo, porque muestra una parte de mí poco atractiva. Y no me refiero a mis partes íntimas, sino a mi yo miedoso, vulnerable y anticipador. Pero un cuaderno de bitácora es honesto o no es nada.


Los preparativos siguen, pese a todo.

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