La alfombra de Mesina y el salto a Grecia
Dejar atrás el fuego de Stromboli y enfilar hacia el Estrecho de Mesina es entrar en un embudo mítico y táctico. El estrecho impone respeto por sus corrientes y cambios repentinos de humor, pero cuando la hidrodinámica se alinea con la derrota, el mar se convierte en tu mejor aliado. Sabíamos que las predicciones eran favorables, así que no lo dudamos y el premio fue inmediato: una corriente a favor que nos regaló cuatro nudos extra de velocidad. Navegar a ese ritmo sobre un mar plano y sin viento es una experiencia fascinante. A ambos lados desfilaban las feluche, esas singulares embarcaciones tradicionales con mástiles de vigía altísimos y pasarelas de proa inverosímiles para arponear el pez espada. Un oficio atemporal recortado contra la costa mientras el Pelícano devoraba millas sobre una alfombra mágica: corriente a favor y el viento que se entabló de popa con el barco plano mientras se servía un plato de pasta con pesto, de bote, a la mesa.
Al doblar la punta de la bota italiana las reglas del juego volvieron a lo estándar: el viento amainó y la corriente desapareció. La costa de Calabria es una línea recta, infinita y completamente expuesta, sin puertos cómodos ni fondeos naturales donde refugiarse si las cosas se tuercen. Es muy curioso, pero en esa zona se navega muy, muy cerca de la orilla. Los barcos nos cruzábamos casi como en una carretera, porque la profundidad lo permite y, en condiciones de calma chicha, nadie quiere hacer millas extra a motor. No puedo evitar mirar de cerca a las personas en tierra y las casas dispuestas de forma rectilínea a lo largo de la costa, de manera humilde e intermitente, nada abarrotado ni glamuroso. Me sorprende el contraste con lo que se ve en Mallorca, donde cada metro cuadrado frente al mar es una fortuna, está extremadamente regulado, vigilado por las autoridades y por la gente de a pie que se agrupa en asociaciones que lo protegen más que a lo suyo. Creo que a veces disfrazamos de proteccionismo la envidia. En Calabria, desde el mar, el ambiente se respira distinto. Comento con Mila que estas personas a las que vemos tranquilas pasear o bañarse no parecen turistas: tienen una vida como la nuestra, unas rutinas, en un paisaje similar al mallorquín pero en una atmósfera mucho más relajada. Pequeños botes fondeados en boyas privadas aquí y allá, casi pegados a la playa, lo confirman. ¿Cómo sería vivir aquí? Inevitablemente me llevo la mano al teléfono móvil y abro la web de Idealista.
Decidimos no dilatar el paso. Hicimos únicamente las paradas mínimas e indispensables para dormir unas horas en Melito di Porto Salvo y Roccella Ionica; escalas técnicas de puro trámite, sin demasiado turismo. Seguir subiendo por Italia solo sumaba millas innecesarias en un litoral que sentíamos hostil, aunque la mar estuviera en calma absoluta. Con una ventana meteorológica limpia, la decisión segura era dar el salto directo a Grecia, donde la geografía fragmentada de islas y canales multiplica las opciones de resguardo.
Dejamos Roccella Ionica por la popa y nos adentramos en el mar Jónico. La primera jornada de travesía nos regaló uno de esos momentos que justifican cada esfuerzo del proyecto. Los partes daban vientos flojos y se cumplieron, pero quien realmente cumplió por encima de cualquier expectativa fue el barco. Con apenas ocho escasos nudos de viento desde media mañana hasta media tarde, izamos el código cero y la navegación se transformó en una gozada absoluta. Sobre un mar en calma total, el Pelícano parecía deslizarse en vez de navegar, desplazándonos hacia nuestro destino más rápido de lo que lo hubiéramos hecho a motor.
La sensación de satisfacción y plenitud en esas circunstancias es muy especial. Mientras las proas cortaban el agua en silencio y a buen ritmo, en el interior la vida continuaba con total normalidad: los niños trabajando en sus deberes, los adultos cocinando y comiendo todos juntos, leyendo o viendo películas sin balanceos. Me gusta abstraerme en estas condiciones y mirar la vida del interior del barco a través de las ventanas desde cubierta; me invade una sensación acogedora de sosiego y la serenidad cotidiana del hogar, aunque en realidad solo fuera por un instante.
Al caer la tarde, el viento fue muriendo según lo previsto y mantuvimos la marcha a motor para cruzar la noche abierta. Las guardias se sucedieron en la penumbra mientras los niños descansaban, vigilando el AIS y contemplando el rastro fosforescente de la estela en el agua negra que dejan las Pelagia noctiluca cuando el barco las agita. Al amanecer, la silueta montañosa y frondosa de las islas jónicas empezó a recortarse en la bruma.
Clavar el ancla en la bahía de Sivota, en la Grecia continental, entre islotes verdes y aguas tranquilas tras haber cruzado un mar entero, trajo consigo una enorme sensación de alegría y triunfo silencioso. El Pelícano había alcanzado su nuevo hogar y la atmósfera griega ya se notaba especial.
Las velas del Pelícano, propulsándonos en medio del Jónico.