Capas de experiencias

Salimos de Términi Imerese (al norte de Sicilia) dejando atrás un puerto gris y en obras. En su dique exterior yacían los restos del Bayesian, un supervelero de 56 metros calificado de inhundible que, en agosto de 2024, zozobró súbitamente frente a estas costas. Un reventón térmico de vientos huracanados lo hundió en cuestión de minutos, cobrándose la vida de siete personas. Resulta sobrecogedor pensar que poco antes estarían disfrutando de la velada en cubierta, sin presagiar la trampa en la que se convertirían sus camarotes al irse a descansar. La amargura de aquel naufragio flotaba en el ambiente como un recordatorio implacable de lo que Mila y yo sabemos bien. Al cruzar nuestras miradas, esa realidad escoció como limón sobre una herida, en estricto silencio delante de los niños. Con el agua a 30 grados,  los fenómenos convectivos locales escapan a la resolución de los modelos meteorológicos. A tenor de la historia reciente, la zona en la que estamos y el momento son particularmente delicados.

A mí, de manera particular, esto me afecta. A los ojos de muchos soy un aventurero, pero quien me conoce realmente sabe que lo mío es una «aventura comedida». Paradójicamente, es justo lo contrario de lo que transmiten las fotos o los vídeos, donde parece que fluyes libre como el viento. Aunque la memoria tienda a quedarse con esa sucesión de momentos estelares, mi intención siempre ha sido dar valor a los instantes cotidianos e invisibles. De hecho, si documentara fidedignamente mi día a día, el porcentaje más alto de imágenes no sería navegando, sino conmigo inmerso en una pantalla: analizando previsiones meteorológicas a siete días vista, descifrando cómo la orografía puede afectarnos, y escudriñando la geografía en busca de un fondeo tranquilo que ofrezca, además, un lugar seguro para que los niños corran y mejor aún si tienen acceso a servicios como supermercados, cafeterías, etc. 

Con toda esa información conformo en la cabeza un árbol de escenarios posibles para los próximos destinos, cada uno con sus respectivos planes B y C según evolucionen el viento, la mar de fondo o las tormentas. Esos árboles de decisión los comparto con Mila y, entre los dos, elegimos el próximo fondeadero y esbozamos una ruta a varios días vista. Mantener este nivel de información, sumado a la educación diaria de los niños en el «CEIP Pelícano» y a las necesidades de a bordo, es un trabajo a jornada completa. No es estresante, pero sí requiere una dedicación absoluta. Seguro que existen otras formas de navegar, improvisando y confiando en la solidez del barco y en la experiencia acumulada, pero en el mar un descuido en la planificación genera tensiones innecesarias o situaciones de riesgo. Especialmente con un presupuesto limitado y viajando con niños, la planificación rigurosa es la base indispensable para maximizar los momentos de disfrute.

Pero si tuviéramos que rescatar los momentos estelares de nuestra estancia en Términi, nos quedaríamos sin duda con la mejor pizza del viaje, devorada en una terraza desvencijada frente a un ventilador en el calor asfixiante de la noche siciliana.

Términi fue también la confirmación de que uno no se desprende de su oficio: mi instinto profesional en el sector de recambios me llevó directo a una tienda de automoción para hacerme con un buen surtido de cables, terminales y spray limpiacontactos. Minutos después, mientras pagaba un carrito de la compra en un bazar chino, se fue la luz por un apagón en plena tormenta torrencial. Acertadamente, habíamos alargado la estancia en puerto y Mila y los niños estaban a salvo. Me quedé atrapado en el bazar por el diluvio y por el dueño del establecimiento, que no me dejaba salir hasta que volviera la electricidad y pudiera comprobar si el TPV de la tarjeta me había cobrado la mercancía. Salir por las empinadas calles de Termini tras el aguacero que hacía que las calles fueran ríos, con los calcetines en el bolsillo y los zapatos inundados hasta el tobillo fue otro de los momentos estelares de esta escala. Una pena que no quedara inmortalizado para poder compartir unas risas con la familia que estaba ya preocupada por mi tardanza tras el diluvio.

Dejamos atrás las tormentas de la costa siciliana buscando el archipiélago de las Eolias. La llegada a Vulcano causó un impacto inmediato en los niños: ver las fumarolas activas coronando el cono y fondear el ancla sobre un lecho de arena negra jamás visto por ellos. A bordo llamamos a esto «capas de experiencia»: vivencias sensoriales directas que no se aprenden en los libros y que van conformando su memoria. A las seis de la mañana, para adelantarnos al calor abrasador, iniciamos el ascenso al cráter. Pau prefirió dosificar fuerzas y quedarse a medio camino con Mila, pero Lluc y yo coronamos la cima para contemplar las entrañas humeantes de la tierra ya bajo un sol abrasador.

La previsión de un role a Oeste nos obligó a movernos esa misma mañana hacia Lípari antes de que el fondeo se volviera incómodo. Previamente decidimos parar a rellenar nuestros tanques de combustible. En la aproximación a la gasolinera vivimos una maniobra impecable: dos marineros apostados en el espigón provisional cazaron al vuelo nuestras cornamusas de proa y popa con sus propios cabos, sin que tuviéramos que sacar una sola amarra. También allí comprobamos la física caprichosa de nuestros depósitos de combustible. El indicador de nivel baja con una lentitud engañosa en la primera mitad para desplomarse después; cupieron muchos más litros de lo que estimaba la pantalla, así que aprovechamos e inauguramos nuestra tabla de calibración real de tanques, para ser más conscientes de los niveles de combustible reales.

Fondeamos en una playa de arena negra en Lípari, bajo altos acantilados. Los roles caprichosos cobraron su peaje durante la noche y nos dejaron atravesados a la pequeña mar de fondo, con lo que el descanso fue escaso (no para los niños que afortunadamente duermen como troncos). A pesar del mal humor por la falta de sueño, a las siete de la mañana mantuve la disciplina de mi rutina de ejercicios en cubierta; a mis 48 años, cuidar la espalda y el tono muscular no es opcional, sino mantenimiento preventivo que exige la vida de barco. Al terminar me lancé al agua y me quedé haciendo el muerto. Flotando sobre el mar transparente mientras los primeros rayos doraban la ladera de la montaña, sentí la plenitud del paraíso imperfecto y mi inmensa fortuna pese al cansancio.

Poco después pusimos rumbo a Stromboli para adelantarnos a la flota y conseguir un excelente fondeo, frente a San Vincenzo. Impresiona comprobar cómo la vida humana se abre paso en la falda de un volcán activo: núcleos como San Vincenzo, Piscità o Ginostra habitan sus laderas. Este último, completamente aislado, carece de carreteras que lo unan al resto de la isla y depende en exclusiva de un muelle precario donde atraca el ferry y un helipuerto. En las calles estrechas, empinadas y sin asfaltar de la isla, los únicos vehículos capaces de circular son los infatigables triciclos Piaggio. Callejeando, mientras observamos un pequeño tramo en obras nos damos cuenta de lo complicada que tiene que ser la logística en Stromboli. La maquinaria convencional no vale, tiene que ser todo a escala reducida. Mini excavadoras, hormigoneras manuales, todo muy pequeño capaz de caber en las callejuelas, que parecen más senderos que otra cosa, y en los pequeños ferrys que son capaces de atracar en los espigones precarios de las islas. Todo muy curioso, entrañable y un gran contraste con nuestro día a día en la ciudad.

Tras cenar en una pizzería en lo alto de San Vincenzo, con el Pelícano a lo lejos y unas vistas espectaculares, fuimos a descansar. Zarpamos antes del alba con la intención de navegar a oscuras frente a la Sciara del Fuoco. De esta manera, en la penumbra previa al amanecer, el volcán nos despidió con varias erupciones de lava que contrastaban con la oscuridad. Fue espectacular. Una última capa de experiencia imborrable antes de poner proa al sur.


Puesta de sol en Lipari con la isla de Salina al Fondo.

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