Asinara: Burritos, cárceles abandonadas y el peaje del 5%

Tras dejar atrás L'Alguer, pusimos rumbo al norte con el Pelícano apuntando directos al Parque Nacional de Asinara. Es una isla particular, de una belleza cruda y con una carga histórica densa que se respira en cuanto desembarcas en el pequeño pueblo semiabandonado de Cala d’Oliva. Antes de convertirse en reserva natural, este pedazo de tierra albergó siete cárceles de máxima seguridad. En una de sus casas de huéspedes, durante el verano de 1985, se refugiaron los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino mientras preparaban la instrucción del Maxiprocesso, el juicio histórico que acabaría descabezando a la mafia siciliana. Ambos jueces acabaron siendo asesinados años después por los vestigios de la Cosa Nostra. Sus asesinatos provocaron una fuerte reacción de rechazo entre el pueblo italiano, lo que aisló socialmente a la Cosa Nostra y asestó un golpe decisivo a la estructura de la mafia.

​Caminar hoy entre los muros de los penales abandonados, sabiendo lo que se fraguó aquí, sobrecoge. Ahora queda poco más que el silencio, el viento y sus característicos burritos grises o blancos que campan a sus anchas por la isla, paseando por las calles y acercándose al visitante en busca de caricias o algo de comida fácil. Para ser justos hay que mencionar que unos pocos huéspedes pueden alojarse temporalmente en algunas de las casas del pueblo y que hay una pequeña taberna que les sirve comida. El resto de visitantes también nos podemos tomar algún refresco en su modesta terraza. Tiene cierto encanto, a medio camino entre lo decadente y lo salvaje.

​Al sur de la isla, las aguas cristalinas de La Pelosa nos devolvieron a los colores turquesas que ya añorábamos de las Baleares. Asinara se separa de Cerdeña por un trecho de agua de mar con la Isola Piana plantada en el centro, formando dos pequeños pasos apenas navegables; el paso de La Pelosa es uno de ellos. Cruzar ese pequeño estrecho lleno de bajíos, a merced del viento y la corriente marina, nos recuerda la complejidad de la navegación de antaño, antes de la motorización de las embarcaciones. Prueba de ello es la gran cantidad de fragmentos de cerámica antigua; tan pequeños que por la forma no adivinamos si son trozos de ánforas romanas u otro tipo de envases, restos en todo caso, de naufragios comerciales que se fueron a pique hace más de dos mil años.

​Hemos nadado entre estrellas de mar, peces ballesta con su curiosa manera de mover las aletas, morenas ocultas en las rocas y nacras que se resisten a la extinción en las aguas protegidas y menos masificadas del parque de Asinara, semienterradas en el fondo con un color rosado vibrante y desconocido por mí hasta la fecha. Con razón algunos dicen que Cerdeña recuerda a Mallorca hace 50 años.

​En la zona nos reencontramos con el velero Agaloe y el Satori (compañeros del Club Náutico Arenal) con sus familias y compartimos una velada estupenda a bordo, de las que compensan las penurias que a veces se pasan en las travesías por mar, y es que ellos tuvieron una navegación algo movida. Cuando decides hacer travesías más largas de lo habitual y alejadas de la costa, no es de extrañar que pases momentos incómodos, con condiciones que distan de lo que vemos en los vídeos de redes sociales.

​El barco está en constante movimiento bajo tus pies, el cuerpo hace lo que puede para compensarlo y proseguir su vida con normalidad, pero siempre es a costa de algún mareo, cansancio físico y una peor nutrición. Cuando cae la noche, además, pierdes el sentido de la vista que busca la referencia del horizonte, como algo real, inmóvil, a lo que fijar nuestro mundo en perpetuo vaivén. Los pequeños rociones de agua de mar que durante el día se han ido secando, han dejado saladina adherida por todas partes, y de noche, esa misma saladina atrae la humedad del aire y moja de nuevo la cubierta, los cojines donde nos sentamos y pasamos las guardias, la piel y la ropa. Hace frío.

​¿He dicho guardias? A todo esto hay que añadir que de noche siempre hay alguien que navega el barco mientras el resto intenta dormir. Esto implica adaptar el rumbo y las velas a las condiciones de viento y mar, y vigilar al resto de barcos que se cruzan en el camino para evitar colisiones. Cada noche, los periodos de vigilia se intercalan con periodos de sueño ligero, pues con mar agitada el barco se bambolea y zarandea a los que van tumbados, y los cabos golpean ocasionalmente contra el casco, el mástil o la jarcia, o emiten un gemido cuando se les ajusta. No es nada terrible si se navega con buena mar; es la suma de todos estos pequeños inconvenientes lo que hace que no te sientas cómodo. Como con una pequeña capa de lodo pesado sobre ti que te deja un poco pegajoso, aplastado y lento de movimientos. Si las condiciones empeoran, o llevas varios días así, es normal preguntarse: «¿Pero qué hago yo aquí?».

​Ese cansancio acumulado tras horas o días de navegación incómoda y sabiendo que aún queda mucho por delante, hace que olvidemos, por momentos, lo fantástico que es navegar, llegar a lugares increíbles y juntarte espontáneamente en la bañera de tu barco con gente fantástica. Esto último representa el 95% de la vida de crucero en el mar. El 5% restante son esos días incómodos, de cansancio o mal tiempo que son el peaje a pagar por poder disfrutar del otro 95%.

​Como plus, estos días hemos contado con la visita de unas amigas. Su llegada ha sido un soplo de aire fresco tras semanas replegados en la burbuja familiar de los cuatro, y nos deja ganas de más visitas, pero ya será en el futuro. Tenemos el ojo puesto en Grecia y conviene empezar a moverse.

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El ritmo del Pelícano. No estamos de vacaciones, vivimos aquí.