El ritmo del Pelícano. No estamos de vacaciones, vivimos aquí.

Navegar a tiempo completo no es solo dejarse llevar por el viento; es encontrar un ritmo, o mejor dicho, adaptarse al ritmo que te marcan los acontecimientos. Y en estos primeros diez días de travesía nos ha quedado bien claro. 

La transición de la vida en tierra a la vida nómada de mar ha requerido ajustar nuestra propia maquinaria. Los niños han sido los primeros en entenderlo y han bautizado su rato diario de estudio como el «CEIP Pelícano». Hemos acordado trabajar en él cada día, sin perdonar domingos ni descansos estivales. Puede sonar espartano, pero es la única forma de que sean menos horas diarias y encaje de manera natural con nuestro estilo de vida. No estamos de vacaciones, vivimos aquí.

Esa misma lección de adaptación nos la ha dado el barco desde los primeros bordos hacia Es Trenc. Hemos exprimido la navegación a vela, en gran parte porque tenemos un presupuesto de combustible muy acotado y definido (algo de lo que ya hablaré en detalle más adelante), pero también porque el barco lo pedía. Sin embargo, el material nuevo pasa factura al viejo. El génova que estrenamos es de un tejido llamado Hydranet, mucho más rígido que el tejido anterior, y en las primeras de cambio nos desgarró la funda de la driza. Ver trabajar esa vela nueva es una maravilla, no cede ni un milímetro a la fuerza del viento, transfiriendo cada racha directamente a la jarcia. Es el precio de la eficiencia.

Aquel percance, sumado a que se me rompieron las aletas de buceo y que las botellas de gas butano de Repsol que llevamos a bordo no son compatibles en Italia o Grecia, nos obligó a recalcular. Tuvimos una travesía excelente hasta Menorca —desde Cabo Salinas hasta Son Saura del Sud con mar llana y 8-12 nudos, clavando el routing—, pero la logística manda. Al día siguiente levamos anclas y acabamos en un fondeadero cerca de Mahón para hacer recados de tierra: comprar la driza nueva, botellas de gas, aletas y arrasar en el supermercado.

Poco después, la meteo nos dio otra dosis de realidad. Una buena tramontana nos obligó a buscar refugio en Binisafúa, al sur de la isla. Con el barco quieto, me tocó enfrentarme a unos duendes eléctricos. Me di cuenta de que la centralita que gestiona la energía eléctrica a bordo no estaba aprovechando bien las entradas de carga del alternador y los paneles solares. Yo soy financiero, no electricista, así que me pasé horas peleándome con la configuración (y tirando de inteligencia artificial) hasta que di con la tecla. Fue una batalla de pantallas, menús ocultos y cables bajo un calor sofocante en el interior, pero la satisfacción de ver los amperios entrar correctamente compensó el dolor de cabeza. Victoria. Con el sistema domado, ahora nos sobra energía.

En Mahón nos reencontramos con Toni y María, del Agaloe, viejos compañeros del Club Náutico Arenal. El plan era cruzar juntos a Cerdeña, pero el mar no sabe de agendas sociales. Tras analizar los partes meteorológicos, ellos asumieron algo más de ola y salieron antes. Nosotros optamos por la prudencia de esperar un día más, y la decisión pagó dividendos.

Salimos el lunes 7 a las 08:30 y nos llevó 26 horas y media plantar el ancla en L'Alguer. Las primeras horas fueron de libro: fuerza 4-5 por la aleta, un rizo en la mayor, el código cero arriba y medias de más de 8 nudos. El Pelícano devoraba millas planeando la mar de popa con una estabilidad asombrosa. Al caer la noche, enrollamos el código cero y sacamos el génova para hacer las guardias más tranquilos. En mitad de la oscuridad la prioridad cambia: sacrificas un nudo de velocidad a cambio de seguridad y descanso para la familia. El viento fue muriendo de noche, según lo previsto, hasta que a las 23:00 no quedó más remedio que arrancar un motor para mantener una media decente. A las 04:30 arriamos todo.

Llegamos el martes antes de las 11:00. Pese a tener muelle gratuito en dique Sanità, dentro del puerto, el calor sofocante nos hizo descartarlo al instante. Los muelles de cemento en verano son trampas térmicas sin un hilo de aire. Fondeamos en la playita junto a la rada exterior para que corriera la brisa y poder saltar al agua directamente desde la popa.

Diez días. Driza rota, software domado, logística resuelta y un salto a Italia completado. El Pelícano ya tiene su ritmo. Y nosotros empezamos a cogerle el paso.

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El gran día