La Costa Smeralda: a la sombra de las expectativas

Una vez dejamos atrás el parque natural de Asinara, pusimos rumbo a otra de las famosas reservas sardas: el archipiélago de La Maddalena. Años atrás había intentado visitarlo, pero la meteo del estrecho de Bonifacio me cerró las puertas con viento de proa. Y es que en los estrechos el viento siempre busca una salida; se canaliza, se acelera, y lo que fuera es una brisa suave, allí dentro se convierte en un vendaval. O sopla a favor, o sopla en contra, pero casi siempre sopla fuerte. Sin tiempo suficiente en aquellas antiguas vacaciones estivales, me resigné a posponer la visita para el futuro. Y el futuro de aquellos años es nuestro presente, así que, por fin, pusimos la proa hacia allá.

El archipiélago es un conjunto de islas esparcidas a lo largo de la costa noreste de Cerdeña, muy pegadas a tierra, formando un pequeño y espectacular laberinto de canales navegables. Había visto fotos, leído comentarios y devorado capítulos enteros de guías de navegación. Todo me dejaba con unas ganas inmensas de visitarlo.

Llegamos al atardecer. Con la previsión en mano, decidimos no complicarnos y fondeamos en una cala de la parte de Cerdeña, en el lado opuesto del canal que forma la isla de La Maddalena, a una escasa milla de distancia. El sitio era estupendo: protegido, pero lo suficientemente abierto para que corriera la brisa. Eso es un lujo que hemos aprendido a valorar enormemente en nuestros fondeos durante las noches calurosas de este verano. Al día siguiente nos adentramos en la reserva y elegimos para fondear una cala hiperprotegida en la Isola Caprera. El lugar se llama Porto Palma; vaya coincidencia para unos mallorquines terminar en Porto Palma di Caprera. Escogimos este rincón porque la previsión de viento era muy inestable: cada hora venía de un cuadrante distinto, dejando la mayoría de opciones expuestas en algún momento del día o de la noche.

Había sitio y fondeamos a media mañana. Lo primero que nos llamó la atención fue que, a diferencia de lo que habíamos encontrado hasta el momento en Cerdeña, las aguas estaban turbias. «Bueno, a veces pasa», pensamos. Pero el verdadero desencanto llegó por la tarde. Donde no cabía una aguja, siguieron entrando barcos. Las flotas de chárter inundaron la minúscula bahía con sus altavoces, trasiego de dinghys con sus fuerabordas ruidosos de unos a otros para montar pequeñas fiestas improvisadas en flotilla. Lejos de ser un santuario protegido, aquello fulminó cualquier encanto del lugar, molestando hasta entrada la madrugada a los que buscábamos un ambiente tranquilo para descansar.

A la mañana siguiente, con la esperanza de huir del bullicio, levamos anclas temprano para buscar alguno de esos fondeos paradisíacos que nos prometían las guías. Lo que encontramos superó lo imaginable. Había tal cantidad de barcos ocupando cada rincón que simplemente no nos lo creíamos, quedamos boquiabiertos mirándonos los unos a los otros. Los canales del archipiélago, lejos de ser el laberinto natural y sereno que habíamos soñado, eran un auténtico hervidero. Decenas de motoras pasaban a toda velocidad en todas direcciones. Las enormes estelas que dejaban a su paso chocaban contra las paredes de los acantilados y rebotaban hacia el centro del canal, transformando el agua en una lavadora y generando una mar cruzada tremendamente incómoda. Navegar en esas condiciones, esquivando barcos a toda máquina y soportando un balanceo constante, no tenía ningún sentido. Ante semejante panorama, claudicamos. Dimos media vuelta y, asumiendo la derrota, cruzamos de nuevo el canal para refugiarnos en la tranquilidad de la cala de Cerdeña del primer día, fuera de los límites del parque.

Al día siguiente teníamos reservada una plaza en una de las marinas de la isla principal, en la pequeña y pintoresca ciudad que da nombre al archipiélago. A pesar de la masificación, La Maddalena resultó ser una ciudad antigua, cuidada y sorprendentemente limpia. Sus calles eran bulliciosas, repletas de turistas y de gente amable. Cenamos unas pizzas buenísimas a precios asequibles y paseamos entre innumerables heladerías que hicieron las delicias de los niños. Al fin y al cabo, pisar asfalto y reconciliarnos con la civilización acabó siendo una de las mejores partes de nuestra estancia en las islas.

Tras el descanso urbano, dejamos el archipiélago atrás y pusimos rumbo sureste. Bajar por el litoral nos sirvió para comprobar que aquella frustración de los días previos había sido solo el prólogo: la masificación frenética y ruidosa era la tónica dominante a lo largo de toda la famosa Costa Smeralda. Seguimos navegando hasta fondear en el cabo Coda Cavallo. Allí nos quedamos unos días, recuperando el aliento y a la espera de un parte meteorológico favorable para dar el gran salto directo a Sicilia. Como recuerdo imborrable para el cuaderno de bitácora, en este fondeo, precisamente aquí, bajo el cabo, donde hemos visto a España ganar su segundo Mundial de fútbol.

La experiencia me deja otra lección, mil veces aprendida y otras tantas olvidada: el peso de las expectativas. Soñamos, planificamos y nos esforzamos por alcanzar destinos que idealizamos a base de la información que recopilamos y de la capa de fantasía que nosotros mismos les añadimos. Construimos un guion mental de cómo va a ser cada lugar y, al llegar, la vivencia inevitablemente se mide contra esa idea preconcebida. Y ya sabemos que las comparaciones son crueles.

Al igual que ocurre con una película o un disco del que no sabes nada y acaba sorprendiéndote, las mejores experiencias del mar suelen ser aquellas que te pillan sin preconcepciones. La Costa Smeralda tuvo que competir contra el mito que yo había construido en mi cabeza y, francamente, salió mal parada. El entorno natural es indiscutible y el civismo en cuanto a limpieza impresiona pese al volumen de gente, pero la masificación desbordó cualquier previsión.

Tal vez el aprendizaje sea ese: aprender a mirar el mar sin mapa mental previo. Hoy en día es algo difícil debido a la inmensa cantidad de información que recibimos de cada sitio a través de las cartas náuticas digitales, las aplicaciones de navegación y los comentarios que otros usuarios dejan en diversas plataformas. Sin duda, toda esta tecnología nos facilita mucho la vida a bordo y hace la navegación más segura, pero es a costa de perder el sentido de la aventura, el encanto de lo desconocido y, sobre todo, la vivencia extraordinaria que supone descubrir por sorpresa una cala, un fondeadero o un rincón del que no sabías absolutamente nada.

Quién sabe si el tiempo nos devolverá a la Costa Smeralda en otra época del año, cuando la presión humana se disipe y la naturaleza vuelva a hablar por sí misma.

El Sol sale por el mar desde Capo Coda Cavallo



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