Vivir en estado de misión permanente

El mundo en tierra está diseñado para que la logística sea invisible. Abres el grifo y sale agua; tiras la bolsa de basura al contenedor de la esquina o la dejas en el portal de tu casa y al día siguiente ya no está; aprietas un botón y la lavadora hace su trabajo mientras compras por Amazon cualquier cosa que se te ocurra. En un barco, esa rutina automática desaparece, especialmente cuando vives con un presupuesto limitado que te impide entrar a puerto a menudo. La vida a bordo te sitúa, de forma casi involuntaria, en lo que yo llamo un estado de misión permanente: cualquier tontería cotidiana exige planificación, cálculo de recursos y, en ocasiones, cierta dosis de táctica clandestina.

​1. Expedición de aprovisionamiento

​Navegar en paralelo a una costa recta y lisa, como la de Calabria, tiene su belleza, pero complica el suministro. Hacer la compra no es ir al supermercado de la esquina; es planificar un desembarco. Hay que estudiar la carta náutica para buscar dónde fondear, consultar Google Maps para ver si hay un comercio y revisar los partes meteo para verificar que es seguro. Si la triangulación entre carta, Google Maps y meteo es favorable, hay que fondear en playa abierta, botar el dinghy, superar la rompiente, salvar la vía del tren que escolta casi toda la costa italiana sin saber muy bien por dónde cruzar, y localizar el establecimiento en el que jamás has estado para, a menudo, darte cuenta de que los precios son desorbitados o de que no tienen tomates. Volver con las bolsas cargadas en la neumática, embarcar en el dinghy con la ola en los pies y subir los víveres a bordo convierte una simple compra en una expedición de aprovisionamiento en toda regla.

​2. El coste real de una colada

​A bordo tenemos lavadora, pero cada ciclo en modo eco devora entre 50 y 60 litros de agua dulce. Eso supone más de un 10 % de las reservas totales del Pelícano. La decisión de poner una colada deja de ser un gesto doméstico y se convierte en una ecuación matemática: ¿cuánta agua nos queda?, ¿tenemos previsto entrar en puerto pronto para rellenar con la manguera?, ¿o vale más la pena cargar con la ropa sucia hasta una lavandería de autoservicio en el próximo pueblo? Una vez la ropa está limpia: ¿es factible tenderla mientras navegamos?, ¿hace demasiado viento? En todo caso, poner la lavadors siempre lleva una carga burocrática elevada para conseguir el visto bueno del capitán.

​3. El contrabando de la basura

​Dentro de las misiones, esta es la reina. En el mar no hay contenedores y, a bordo y con el calor del verano, la capacidad de almacenar basura es muy limitada. Rápidamente se crea un problema de espacio y olores que exige una estrategia de gestión de residuos eficaz que a veces roza el límite de la legalidad. Cuando decides bajar a tierra a depositar la basura, encuentras que cada municipio es un ecosistema burocrático distinto. La separación de residuos para reciclaje no es la misma en Cerdeña que en Sicilia o en España. Los tetrabriks a veces van al cartón y a veces al plástico. Las latas a veces van mezcladas con vidrio otras con los envases de plástico. Te encuentras con pueblos donde la recogida es estricta de puerta a puerta y no hay un solo contenedor público a la vista, o con normativas locales que impiden al visitante dejar la basura. Hay sitios con cámaras o en los que llegan a inspeccionar el contenido de la bolsa y te hacen meter la mano dentro para hacer mejor triaje si ven que se te ha escapado una piel de plátano con el «rechazo» para que la pongas en «orgánico».

​Por eso tiras de inventiva: si es posible, bajamos a tierra por la mañana muy temprano, cuando la mayoría de la gente duerme para que nadie nos vea. Las bolsas de basura van siempre camufladas en una o varias bolsas de rafia de esas que usamos para hacer la compra. Así no se sabe que vas a tirar la basura. Imagínate si ves a alguien por la calle con una bolsa de basura en la mano… ya sospechas que al 90 % va a tirarla. Es como llevar un cartel que dice: «Atención, atención: basura». Sin embargo, con las bolsas de la compra en la mano te conviertes en un ciudadano o visitante que viene de contribuir a la economía local. Caminas por el paseo marítimo disimulando, buscando ese contenedor salvador como quien transporta un alijo. A veces hay que dejar la basura en una de esas papeleras que no son contenedores, que están ahí para que los ciudadanos dejen cosas pequeñas, o en los cubos de algún comercio o restaurante sin que los trabajadores se percaten. Todo se siente muy ilegal. Y cuando no hay suerte, la misión fracasa: te vuelve la bolsa de basura al barco en el dinghy para reintentarlo en la siguiente escala.

​4. En busca del repuesto perdido

​Navegar implica desgaste y roturas. Sumergimos nuestra cámara de acción sin estar bien cerrada y se rompió. También nos dimos cuenta de que unas conexiones deberían mejorarse y necesitamos 20 metros de cable grueso. Una bomba de agua se rompió al poco de zarpar. En tierra la ecuación es sencilla: haces un pedido en Amazon y, mientras vas en coche a la tienda local a por el cable, la cámara ya está llegando a tu puerta. A bordo no tenemos coche, moto ni nada similar, y a menudo nuestro radio de acción en tierra queda limitado a un par de kilómetros. Una vez más hay que triangular carta, Google Maps y meteo para encontrar posibles puntos de abastecimiento, o esperar a entrar en un puerto y pedir si alguien es tan amable de acercarte en su coche, buscar transporte público, etcétera. Pero al tratarse de compras especiales, fuera de las ciudades grandes el porcentaje de fracaso es alto. Conseguir el cable requirió un par de semanas hasta entrar en el puerto de una pequeña ciudad un día de tormenta, pero se logró con un 100 % de efectividad. Conseguir la cámara, en cambio, costó casi un mes y cuatro misiones fallidas en comercios de distintas ciudades. Al final, una compra a través de una web griega con recogida aplazada y la previa triangulación entre carta, Maps y meteo han sido la clave del éxito.

PD: Seguimos sin poder encontrar repuesto para la bomba de agua.

​La contrapartida de la autonomía

​Esta servidumbre logística no es una queja; es simplemente el precio de la independencia. Vivir en misión permanente te obliga a estar presente en cada acto, a valorar cada litro de agua y a ser consciente del impacto de lo que rompes, consumes y generas. En tierra la vida se automatiza; en el mar, se gestiona.

Termini fue una escala en puerto exitosa. Nos refugiamos de una tormenta y conseguimos cable, terminales eléctricos, rollo de teflón, spray limpiacontactos, un carrito para transportar la compra y rotuladores de colores.

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