Hacia donde vamos

​Inevitablemente, esta aventura iba a ser remarcable. No lo digo desde la arrogancia del que cree haber inventado la navegación, sino desde la convicción de quien ha auditado cada rincón de su realidad hasta llegar a una conclusión sin retorno. En mi mente, soltar amarras este julio era una vuelta al mundo disfrazada del humilde "vamos a Canarias y ya veremos". Tenía suficiente independencia financiera para ejecutarlo y, sobre todo, el deseo de navegar sin la tiranía de una fecha de regreso grabada en el calendario, condición casi imprescindible para un proyecto de semejante envergadura.

​Sin embargo, en la fase de planificación, surgió un conflicto que ningún capitán puede ignorar: la gestión del riesgo humano.

​Como expliqué anteriormente al hablar de la "Estructura Moral", a veces, la sociedad nos entrena para priorizar el éxito del objetivo sobre la calidad del proceso. Pero aquí, el objetivo no es clavar una bandera en la Polinesia; el objetivo es que mi tripulación —Mila, Lluc y Pau— no solo sobreviva al viaje, sino que lo habite con plenitud. Como capitán, mi responsabilidad no se limita a mantener la integridad física del barco y la tripulación; sino que abarca también la seguridad psicológica de quienes confían en mi criterio.

​Llevamos cinco años viviendo a bordo y los niños están perfectamente adaptados al balanceo y al salitre. Pero mi mente planificadora no se quedaba en los días de sol y viento de través, de cielos azules y mares bonancibles. En mis proyecciones más oscuras, me imaginaba un abandono de barco en alta mar, con mar formada, rociones constantes y la negrura de la noche cerrándose sobre nosotros. Para un adulto, sobrevivir a ese escenario con chaleco y balsa es una tarea física y mental extenuante. Pero, ¿hacerlo mientras intentas no separarte de dos niños de seis y siete años?

​He asistido a numerosos cursos de formación y sé que el mar no entiende de buenas intenciones. El agua está fría, las ropas pesan, el chaleco apenas mantiene la cabeza fuera del agua y subir a una balsa requiere un esfuerzo físico notable. Imaginaba el rescate: un carguero lanzando una escala de madera por la borda a la que agarrarse en precario mientras las olas intentan arrasar con todo lo que encuentran a su camino. Mi análisis de riesgo fue tajante: la tasa de supervivencia del 100% en esas condiciones era una apuesta que, como padre, no estaba dispuesto a firmar.

​Fue entonces cuando charlando con un marino de los de verdad, de esos a los que el alma también les gritó "¡Sal!" hace años, puso mi esquema mental patas arriba. "¿Os habéis planteado explorar el Mediterráneo?", me soltó.

​Al principio, mi sesgo de control financiero me puso a la defensiva. El Mediterráneo es caro, logísticamente complejo en temporada alta y, para muchos, parece un "plan B" frente a la mística de una vuelta al mundo. Pero entonces, mi yo más racional tomó el mando. Al elegir el Mediterráneo, la ingeniería del proyecto se simplificaba y la seguridad se multiplicaba exponencialmente.

​Estaríamos siempre dentro del rango de asistencia por helicóptero. Las navegaciones serían de, como mucho, dos días. La autonomía necesaria de agua y alimentos se reduce, permitiendo un barco más ligero y con sistemas simplificados. Las complicaciones meteorológicas son más predecibles y la logística para que la familia nos visite es sencilla. Todo cuadraba.

​No era una retirada; era una optimización del diseño vital.

​Muchos confunden la aventura con la temeridad. Pero lo que quiero transmitir a través de este cuaderno de bitácora y lo que mañana enseñaré a mis hijos es que la verdadera libertad no tiene que ver con gestas extraordinarias. La verdadera libertad nace de seguir lo que te dicta el corazón y se hace posible planificándolo con la cabeza. Hoy, con más de 20 años de experiencia en el ámbito de la empresa privada y una familia a mi cargo, mi mayor éxito no es llegar lejos, sino llegar juntos.

​Nos quedamos en el Mediterráneo porque no volvemos al mar para demostrar nada a nadie. Volvemos para vivir y enseñar a vivir. Y para ese propósito, no necesito un océano infinito, me basta con la profundidad de las decisiones bien tomadas. Próximamente soltamos amarras, y el rumbo, por fin, es tan seguro como nuestra determinación.

Navegando por la Bahía de Palma al amanecer.

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