El gran día
Ayer tarde salí apesadumbrado de la oficina. He de reconocer que una lágrima se deslizó por mi mejilla. No sabía muy bien el motivo. En teoría estaba a las puertas de algo excepcional, pero el ajetreo de las últimas semanas con los preparativos en el barco y el ritmo frenético en la oficina, que no ha cesado hasta los dos últimos días, no me dejaban tomar consciencia del momento.
Dediqué buena parte del día a acabar de organizar los papeles pendientes de mi mesa, vaciar los cajones y el ordenador. Recuerdo estar sentado, inmerso en el silencio de los viernes a última hora, observando la mesa y la pantalla que me habían acompañado los últimos años. Ahora, limpias de archivos y papeles, las contemplaba con la extraña sensación de que ya no me pertenecían. Ayer fue real. Despedidas sentidas de compañeros con los que llevo casi media vida trabajando y que te remueven por dentro. La satisfacción de darme cuenta de que lo he hecho más o menos bien durante todos estos años contrastaba con la realidad de saber que el lunes los negocios y la empresa a la que he dedicado tanto seguirán su curso sin mí. Si todo va como toca, en unas semanas, la vida en Bosch y Lozano se habrá adaptado y no seré más que un recuerdo nostálgico al ver huellas de mi paso por la empresa aquí y allá. Huellas que el paso del tiempo irá borrando y que el ritmo frenético del trabajo de otros apisonará: alguna firma en un viejo contrato, una anotación en un PDF o la típica “plantilla de Excel que hice con Joan” para calcular algo.
Lo sé porque he estado suficiente tiempo en la compañía como para haber vivido la salida de personas increíbles y ver cómo la vorágine de la necesidad acaba por adaptar los procesos y las personas a la nueva realidad. Es lo sano. Es lo deseable. Pero para mí, en ese preciso instante, fue un pinchazo en la boca del estómago.
Después del trabajo había cervecitas de despedida en el chiringuito de la playa, junto al puerto, a la puesta de sol. Por eso pasé rápidamente por el barco, me deshice de la camisa y el pantalón largo que me asfixiaban y me uní a la fiesta. El objetivo era que los niños tuvieran una última despedida con sus amigos y nosotros, los adultos, lo propio: atesorando tiempo con personas a las que sabemos que echaremos de menos. Disfruté mucho de la charla y la compañía pese al intenso calor. Era como si al quitarme la ropa de oficina me hubiera despojado ya de una parte de la melancolía que me había estado acompañando. Saboreé la cerveza sabiendo que sería la primera de la temporada en la terracita del bar, y la última allí en un largo periodo de tiempo. Tras el cierre del bar, nos fuimos a dormir.
Hoy era el gran día. Los niños se han despertado con un humor mejor al habitual, con sonrisas y algo de nervios. Pese a ser muy jóvenes, han demostrado ser plenamente conscientes de que vamos a vivir una aventura muy especial.
Tras los últimos preparativos, por la mañana hemos soltado amarras. De camino a la bocana del puerto, ha sido emocionante informar por radio VHF al personal de nuestra salida, como de costumbre, pero esta vez por un periodo indefinido. Se me ha hecho un nudo en la garganta cuando los marineros han respondido con dos bocinazos desde tierra y se despedían deseándonos buena mar y agitando los brazos. Ya cruzando la bocana, Mila se me ha acercado y he visto cómo lloraba. Nos hemos abrazado y los niños, al vernos, se han unido rápidamente. Ha sido un momento mágico: el Pelícano cruzando la bocana y los cuatro abrazados en familia, emocionados. Lágrimas que daban dimensión al esfuerzo de los últimos meses y a la nueva etapa que afrontamos.
La mar estaba en calma, transparente, preciosa. La brisa era muy débil pero suficiente como para refrescarnos y quitarnos el calor al que los muros del puerto nos tienen acostumbrados. Al poco tiempo, en cuanto la fuerza del viento ha sido suficiente, hemos izado velas. Las proas se deslizaban sobre el mar, en silencio, ligeras como mi alma que dejaba atrás una maraña de sentimientos y recibía el impacto de una ola de aire fresco que limpiaba mi espíritu.
En este instante, esa especie de éxtasis, liberado ya de las cargas y los problemas de la empresa para obedecer únicamente al dictado de mi ser, me he acordado de los que quedan en tierra. No quiero olvidarles. Los tengo en mi corazón porque son personas excepcionales a las que quiero llevar en el alma.
Rumbo a un futuro maravilloso.