Seguridad ante todo

​El plan original era trazar una línea recta: salir del noreste de Cerdeña y poner proa directamente a Sicilia aprovechando una buena ventana meteorológica. Pero el mar y la vida a bordo imponen siempre su propia agenda.

​Me levanté temprano para empezar a recortar millas mientras el resto descansaba. Al despertar Pau, la noté muy caliente, pero veníamos de una noche sofocante como pocas y, al principio, pensé que simplemente estaba acalorada por el bochorno. Unas dos horas después de soltar amarras, al levantarse Mila, por deformación profesional e intuición materna, le puso el termómetro y confirmó lo que la razón intentaba esquivar: tenía fiebre.

​Cruzar mar abierto con una tripulante a la que le está rondando una enfermedad es una imprudencia, mucho más si todavía no se tiene un diagnóstico claro y no se sabe cómo va a evolucionar. La decisión duró apenas unos segundos. Abortamos la ruta hacia Sicilia y nos pegamos a la costa este de Cerdeña hacia el sur. Al menos seguíamos ganando terreno, pero con la tranquilidad de tener siempre un refugio a mano a estribor. La jugada fue acertada: a las dos horas Pau empezó a sentirse peor y vomitó. Poco después de mediodía, ya estábamos amarrados en puerto.

​Allí nos atrapó una viriasis a Pau y a mí en mitad de una ola de calor brutal. Pasamos dos días encerrados en el salón del Pelícano, peleando contra el bochorno con un pequeño aire acondicionado de pingüino que habíamos adaptado para climatizar el salón. Apenas lográbamos contener la humedad y mantener la temperatura rondando los 30 grados, pero paracetamol mediante y a ritmo lento, la fiebre terminó cediendo.

​Dos noches después, repuestos y con la tripulación con ganas de mar, zarpamos de nuevo rumbo sur. Al fin navegábamos después de los dos días de reclusión a la que habíamos estado sometidos Pau y yo, que ni pisamos tierra. El plan era alcanzar la punta sur de Cerdeña y a partir de allí planificar el salto a Sicilia. Después de todo el día de navegar, solo quedaba hora y media para entrar a fondear. La meteo era excelente, la salud acompañaba y el barco navegaba fino. Miré a Mila y a los niños y, con una sonrisa cómplice, les solté la pregunta: «¿Quién quiere ir a Sicilia?».

​Esa es la verdadera libertad de la vida a bordo: la capacidad de improvisar cuando las condiciones acompañan, sin horarios ni calendarios. Bailar al mismo son que los elementos con la seguridad como único filtro. Así que, tras la sorpresa inicial de Mila y los niños, unas risas y gritos medio de alegría medio de guerra después, pusimos rumbo a Sicilia. En el Pelícano, cuando estamos en mar abierto, está permitido gritar al viento a todo pulmón. Siempre que sean gritos de emoción y locura transitoria que se lanzan sin estar dirigidos a nadie. Mi grito de elección más frecuente, pero puede ser cualquier otro, es “Fígarooo” como si fuera el protagonista de la ópera el Barbero de Sevilla. Me parece una sana costumbre que aprendí en mi infancia cuando navegaba con mi padre en su llaüt. Las últimas seis horas de travesía fueron la clásica coctelera de mar cruzado que ya anticipaban los partes, poco viento, bastante ola y mucho calor. Era muy incómodo. Lo bueno era que ya nos acompañaban las islas Égadas en el horizonte y el paisaje era precioso. Tras casi dos días de navegación, por fin avistamos el golfo de Castellammare.

​Nuestra primera idea era fondear tras el espigón de la marina del pueblo, pero la realidad al llegar nos echó para atrás. El agua estaba turbia y del puerto salía un retumbo de música de un festival que hacía imposible pensar en descansar. Y si cruzas a Sicilia, después de la coctelera, lo mínimo que esperas es darte un buen baño. Decidimos movernos media milla, al fondo del golfo, buscando el abrigo de la playa contigua. Nos dimos ese baño reparador y nos fuimos a dormir confiados en un parte que prometía 15 escasos nudos de viento de tierra, que nos iba a mantener frescos y secos después de tantos días seguidos de bochorno y humedad.

​A las dos de la mañana, la realidad volvió para despertarme de mis sueños. El Pelícano empezó a moverse de manera ligeramente distinta. Cuando navegas, el cuerpo aprende a detectar estos sutiles cambios en el patrón de movimientos del barco por eso, a veces, sin necesidad de salir fuera, puedo detectar si el piloto automático se ha desconectado, si el timonel se ha despistado, o si el viento ha cambiado de dirección en un fondeo.

​Salí a cubierta a ver si todo estaba bien y me sorprendió un viento extremadamente cálido que empezaba a soplar de las montañas que teníamos enfrente, al fondo de la bahía. A los dos minutos, ese viento catabático se canalizó y se abatió sobre el fondeadero como un disparo. Pasamos de calma chicha a rachas de 35 y hasta 45 nudos.

​De noche, con 45 nudos aullando en la jarcia, la poesía se acaba y empieza el rock duro. No me quedó más remedio que despertar a Mila porque el Pelícano empezaba a dar tirones muy fuertes y pensaba que en uno de estos el ancla empezaría a garrear y el viento nos llevaría mar adentro. Necesitábamos filar más metros de cadena. Metimos motor avante, como pudimos entre las guiñadas del barco, para aliviar la tensión y poder subir el pie de gallo a mano, desconectarlo y por fin filar cadena. El ruido del molinete, el viento, los motores y los chasquidos de la cadena contra la gatera despertaron a Lluc, que sacó la cabeza por la escotilla del salón asustado en mitad de la oscuridad, llorando y preguntando si estábamos bien, preocupado por si les habíamos dejado solos al no contestarle de primeras. Mila y yo estábamos pegados en cubierta, pero para comunicarnos tenía que gritarle a la cara; el viento se llevaba las palabras a medio metro de distancia. Al final conseguimos dejar todo listo y Mila y Lluc volvieron a la cama.

​Cuando la cadena trabaja al límite y la ves tensa como un cable de acero, la mente empieza a hacer una auditoría implacable en caliente. Empiezas a recordar cada grillete, cada nudo y cada costura que hiciste días atrás, cuestionando si el pie de gallo que tienes montado aguantará el tirón. Por si acaso, habíamos montado un pie de gallo de respeto y en mi mente organicé un plan de contingencia: si el ancla garreaba o fallaban los pies de gallo, no nos pondríamos a pelear con el molinete; soltaríamos toda la cadena dejándola en el fondo y correríamos el vendaval mar adentro convencidos de que era un fenómeno local.

​El ancla aguantó. Al amanecer, con las rachas algo más espaciadas, mandé un mensaje a la marina de Castellammare. Respondieron enseguida: tenían plaza, pero al doble de lo que habíamos pagado jamás en ningún puerto.

​En un primer momento la rabia te domina, pensando en el oportunismo de la tarifa. Pero duró poco. Lo hablamos Mila y yo en la bañera mientras el cuerpo empezaba a notar el cansancio de la noche. La conclusión fue tan clara como absoluta: se puede y se debe ahorrar en cenar fuera, en helados en la orilla o en combustible. En la seguridad de la familia y en la tranquilidad a bordo no se racanea jamás.

​Entramos a puerto y amarramos el Pelícano. Durante el día, las condiciones en Castellammare del Golfo se endurecieron todavía más. En las redes sociales se hicieron virales imágenes de unos jóvenes que habían salido a hacer paddle surf y el viento los arrastró mar adentro, justo en la playa donde habíamos estado fondeados esa noche. Dentro del puerto registramos rachas de 49 nudos. Pagamos la factura con la satisfacción de quien sabe que ha comprado la mejor noche de sueño del viaje.

​Glosario para no marineros

●       ​Filar: Soltar o arriar cadena o cabo de manera controlada para darle más longitud a la línea de fondeo.

●       ​Pie de gallo: Aparejo formado por dos cabos dispuestos en forma de 'V' que conecta la cadena del ancla a los dos cascos del catamarán. Sirve para repartir la tensión del tirón entre ambos cascos y evitar que el molinete sufra toda la fuerza del barco.

●       ​Garrear: Acción en la que el ancla no consigue agarrarse al fondo marino y va resbalando por el lecho, provocando que el barco sea arrastrado por el viento o la corriente.

●       ​Gatera: Abertura o conducto en la cubierta por donde pasa la cadena del ancla desde el molinete hacia el pozo de cadenas en el interior del barco.

●       ​Viento catabático: Viento fuerte que se produce cuando una masa de aire denso y cálido (o frío) desciende a gran velocidad por la ladera de una montaña hacia la costa, encajonándose y acelerándose bruscamente.

●       ​Jarcia: Conjunto de cables, tensores y aparejos metálicos que sostienen los mástiles del barco. Cuando el viento sopla muy fuerte, la jarcia vibra generando un silbido o aullido característico.

●       ​Molinete: Maquinilla eléctrica situada en la proa que se utiliza para cobrar (subir) o filar (soltar) el ancla y la cadena.

●       ​Guiñadas: Caídas o desvíos bruscos que hace la proa del barco a un lado y a otro respecto a la línea del viento cuando está fondeado.

●       ​Llaüt: Embarcación de pesca tradicional balear, de madera, caracterizada por su estabilidad y su corte marinero noble.

Dejando Castellammare del Golfo tras la tormenta

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